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Conmemoración Antártica

 

 

Publicado en el diario "La Capital", Rosario, Argentina, 28 de febrero de 2012

 

Por Miryam Colacrai *

 


Se cumplen 108 años de la permanencia ininterrumpida argentina en la región antártica. ¿Qué sentido debemos asignarle a esto?

 

La presencia Argentina en la Antártida puede rastrearse, acorde con una variedad de datos y documentos históricos, en las actividades desarrolladas por foqueros criollos desde la segunda década del siglo XIX y de modo más preciso, con una mayor abundancia de información, a finales de ese siglo. Se trataba de buques que desde el puerto de Buenos Aires iban a las actualmente llamadas islas Shetland del Sur, en busca de sus presas.

 

A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la ayuda prestada por nuestro país a diversas expediciones extranjeras, en particular pueden recordarse las de Nordenskjöld, de Gerlache y Charcot, fueron debidamente apreciadas, quedando como resultado tangible toda una serie de nombres argentinos puestos a accidentes geográficos; esto es, en la toponimia antártica puede leerse un sinnúmero de referencias a políticos argentinos como también a naves y a lugares argentinos.

 

Esos antecedentes marcan el interés y las actividades que venían siendo desarrolladas por nuestro país y muchos de sus pioneros y logra su punto cúlmine al establecerse, el 22 de febrero de 1904, el Observatorio Meteorológico y Magnético Orcadas, siendo esa la primera base argentina en la Antártida. Constituye asimismo la primera estación con carácter permanente en la región, dado que diversas incursiones de otros países lo hacían de manera transitoria y recién en la década del 40 se considera que aparecen las primeras instalaciones que, sorteando todas las inclemencias del clima y la lejanía, deciden tener una presencia y llevar a cabo actividades desde bases que operan el año entero. Así, la República Argentina constituye el país con mayor permanencia continua en el Continente Antártico.

 

Recordemos brevemente que esa estación había sido fundada por la Expedición Nacional Escocesa del Doctor William Speir Bruce en el año 1903, y luego adquirida por el Gobierno de Argentina. La venta se produce cuando el "Scotia", buque insignia de Bruce, atrapado por los hielos en la isla Laurie, y quedando parte de la tripulación en la misma construyeron una precaria vivienda de piedra y parte de la embarcación, denominándola "Casa Omond" (Omond House)", en homenaje a uno de los contribuyentes que financió la expedición. Otra parte del grupo rumbo se embarcó hacia Buenos Aires para reaprovisionarse e intentar la transferencia al Estado argentino de esa construcción, junto con el observatorio magnético, con el objeto de conseguir recursos para proseguir con la campaña iniciada. La autorización de fondos y el establecimiento bajo la administración argentina, se dio en el decreto del presidente, general Julio Argentino Roca, fechado el día 2 de enero de 1904.

 

En el año 1904, funcionó en el lugar la primera estación postal antártica de la historia, a cargo del estafeta Hugo Acuña. Este especialista, junto a otro integrante del grupo invernante, el biólogo Luciano Valette, levantaron una carta de la zona, que junto a la confeccionada por el alférez Sobral son consideradas las primeras cartas antárticas argentinas.

 

La continuidad de las observaciones desde esta estación, han sido una contribución significativa para establecer un cuadro más completo de mediciones para el pronóstico de la meteorología y las variaciones magnéticas en todo el Hemisferio Sur.

 

Este acontecimiento debe ser valorado no sólo por lo que significó para la época sino por ser un eslabón en la cadena de acciones de la Argentina en la Antártida. Desde entonces ha crecido la presencia y la Ciencia desarrolladas por nuestro país. Como uno de los fundadores del Tratado Antártico, firmado en 1959 y puesto en vigencia en 1961, ha hecho una notable contribución al orden internacional, manteniendo a la región alejada de las tensiones y conflictos estatales que se dan en otros espacios y garantizando un delicado equilibrio ecológico.

 

Ni más ni menos que lo que esta región tan particular del planeta necesita, para ser sustentable en el tiempo… y con ello, la propia vida humana en el mismo.

 

(*) Miryam Colacrai es profesora titular de Teoría de las Relaciones Internacionales UNR, Investigadora del Conicet y Directora de Proyectos del Cerir

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